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Tengo quince años y no quiero morir en El Periódico
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TESTIMONIO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL - CAMINANDO SOBRE MUERTOS
El diario de Christine Arnothy durante la ocupación nazi de Budapest, en 1945, llega por primera vez a España
ANNA ABELLA - Barcelona - 15/7/2009
«Siento terror cuando hay que salir; ya no se puede caminar sino por encima de los muertos; por todas partes ojos vidriosos me lanzan miradas interrogantes y llenas de reproche porque aún estoy viva…». Son palabras del diario que Christine Arnothy escribió a principios de 1945, con solo 15 años, durante la ocupación nazi de Budapest y tras la llegada de los rusos a la capital húngara.
Hoy, a punto de cumplir 80 años, Arnothy vive en Ginebra y aún recuerda «la vida sin agua ni alimentos en el sótano de una casa de una ciudad convertida en ruinas. Fueron días duros en los que, junto a mis padres, el diario fue mi único refugio». Aquel diario se publicó en 1954 en Francia y desde entonces ha vendido 10 millones de ejemplares en 25 países. Ahora, Tengo quince años y no quiero morir llega por primera vez a España de la mano de Barril & Barral. Aunque resulta inevitable la comparación con el Diario de Ana Frank y otros testimonios de niños durante la segunda guerra mundial, Arnothy, de padre austrohúngaro y madre germanopolaca, dio a su cuaderno un estilo narrativo sencillo recreando escenarios y diálogos.
Purgar el horror vivido
El libro «era un hilo con el que unirme a la vida después de haber estado rodeada de tanta muerte y desolación. Es una experiencia mía pero es también universal; la de miles de personas que sufrieron situaciones parecidas. No todos tuvieron la suerte de sobrevivir que tuve yo», explica a EL PERIÓDICO la autora. Para ella escribirlo significó «una manera de purgar el horror vivido a través de la literatura, de reflejar comportamientos extraordinarios, de cómo el ser humano actúa en situaciones extremas. En estas sale lo mejor y lo peor de la condición humana». Eran los últimos días de la ocupación alemana y la joven Arnothy y una docena de vecinos, entre ellos un judío al que protegían, se hacinaban en un sótano regugiándose de obuses, francotiradores, bombardeos –«Cada vez que la casa recibía un impacto directo, el suelo se estremecía bajo nuestros pies»– y explosiones (los alemanes volaron todos los puentes del Danubio). «Fueron dos meses y medio que cambiaron mi vida y la de miles de compatriotas. Yo pertenecía a una familia cultivada y adinerada, a la burguesía húngara. No podía imaginar la drástica bajada a los infiernos, y de la noche a la mañana tuvimos que aprender a buscar lo más básico: agua, alimentos. Eso me cambió para siempre», rememora hoy.
La autora ya era consciente de ello cuando tomaba notas en su cuaderno. «Mientras los hombres morían a nuestro alrededor, yo me indignaba porque nunca se ha dado un baile en mi honor. (...) Los momentos felices de mi infancia se han esfumado completamente de mi memoria». Con la llegada de los rusos tenía la esperanza de «volver a subir a nuestros pisos y abandonar nuestra infame vida de ratas». Pero la realidad fue muy distinta. Con ellos llegaron las violaciones de mujeres, las purgas, las ejecuciones y los trabajos forzados: «Todo, en adelante, sería una larga pesadilla construida a base de atrocidades. Como una inundación apocalíptica que barría todo a su paso, oleadas siempre nuevas de soldados invadían las casas».
Los padres de la autora decidieron entonces huir a su casa de campo, donde vivieron modestamente tres años hasta que el miedo a la persecución estalinista les obligó a buscar refugio en Austria. Tras un peligroso y azaroso viaje clandestino, la familia llegó a Viena, donde rehicieron su vida partiendo de cero.
Una frase da título al libro: «Sólo tengo quince años y un miedo horrible a la muerte. Quiero vivir todavía». Y lo consiguió.


